Voluntad y carácter

Resumen del Joven de carácter de monseñor Thihámer Tóth.

Todo joven se pregunta -Vida, ¿qué me darás?, ¿qué es lo que me espera? – Y la vida le devuelve la pregunta como la tierra al campesino: – Depende de lo que me des. Recibirás tanto cuanto trabajes y cosecharás conforme hayas sembrado –

El valor del ser humano no depende de la fuerza del entendimiento, sino de su voluntad.

Primero deberás adquirir ideales y principios, después, el segundo deber, ya más difícil, es forjar el carácter. Tiene carácter aquel que permanece firme en sus ideales y principios, aun cuando esta perseverancia fiel exija sacrificios. Es decir, el carácter es un modo de obrar siempre consecuente con los principios firmes que se tienen e implica constancia de la voluntad para alcanzar el ideal reconocido como verdadero.

La educación consiste en inclinar la voluntad del ser humano de suerte que en cualquier circunstancia se decida a seguir sin titubeos y con alegría el bien.

Quien es libre según el cuerpo, pero tiene atada su alma, es esclavo; quien está exento de mal en el alma, es un hombre libre, aunque tenga el cuerpo encadenado. La felicidad está en ti, en la libertad verdadera, en el absoluto dominio de ti mismo, en la posesión de la satisfacción y la paz. Por ello no has de luchar contra toda regla o norma – eso sería libertinaje, desenfreno – sino sólo contra los obstáculos – pasiones, inclinaciones – que se oponen al libre desenvolvimiento del carácter. Si nos atamos a las normas no es para contrariar nuestra libertad, sino para dirigir y asegurar su recto crecimiento. Solo poseemos aquello de lo que podemos privarnos.

No es independencia el desorden, el emanciparse de toda ley, sino la independencia interior, el dominio de sí mismo, el dominio contra la desgana, el desaliento, el capricho y la pereza.

Vivir en las órdenes, las normas y el deber cotidiano es medio para vencer la propia comodidad, el mal humor, los caprichos, la superficialidad y la inconstancia.

Llamamos egoísta a aquel que no comprende que hay millones y millones de hombres con quienes tener atenciones.

Qué otro fin pretende el ejercicio de la voluntad sino prestar una ayuda sistemática al espíritu en la guerra de la libertad, guerra que se ha de sostener contra el dominio tiránico del cuerpo. Así que la primera condición del carácter es la guerra contra nosotros mismos para poner orden en el salvaje entramado de las fuerzas instintivas.

Todos los seres humanos, por muy materialistas que sean, elogian al hombre en quien el espíritu triunfa sobre la materia. Quien vive con entereza sus convicciones, despreciando la ironía y el respeto humano – el qué dirán de los demás- es un hombre de carácter.

Los obstáculos para la formación del carácter son la pasión o defecto dominante; la falta de paciencia con la propia educación; el miedo a qué dirán; y la falta de conocimiento de sí mismo. La vida agitada hace que el ser humano no disponga nunca de ratos de silencio, de reflexión o de desarrollo de su espíritu. No se conoce y no puede ir creciendo en el espíritu.

En el alma, pues, hay una lucha continua entre el bien y el mal. Apenas contábamos cinco o seis años y ya sentíamos los primeros movimientos del enemigo. Sentimos algo en nosotros que nos impulsaba hacia el mal. Un peso de plomo que trata de hundirnos en el abismo sin fondo de la ruina moral. Una terrible herencia, la inclinación al mal, consecuencia del pecado original. El criminal va adquiriendo fuerzas en nuestro interior por sí mismo y crece, aunque no lo cuidemos; pero para ser santo es necesaria una labor perseverante y ardua en la educación de nosotros mismos.

De quien no se priva de una cosa lícita no se puede esperar que rehúse todas las prohibidas. Sin sacrificio ni abnegación no se puede lograr nada grande en esta tierra. En la vida todo el mundo hace sacrificios, la diferencia estriba tan sólo en el motivo por el que lo hacen. Por ejemplo, el avaro vive miserablemente, sacrificándose por ahorrar; para este fin ahoga todos sus deseos, vive sin alegrías y sin amigos.

La pasión en sí misma no es mala, tan sólo lo es la desenfrenada. La formación del carácter no exige que extirpemos nuestras pasiones, sino que las convirtamos en aliadas. Por tanto, no sigamos sus consejos, porque la pasión puede ser mala consejera, pero aprovechemos sus fuerzas, pues son resortes poderosos si se emplean bien.

El carácter brota del trabajo metódico, perseverante y formativo. Hay que pensarlo bien, emprenderlo con tesón y perseverar con constancia.

Todo es capaz de soportar el hombre, excepto un bienestar continuo.

Las enormes fortunas no ha podido amontonarlas un solo hombre. Muchos obreros y empleados las regaron con su sudor, por lo mismo, se debe invertir bastante de tales fortunas en el bien común.

La modestia en los deseos ya es una fuente de ganancia. La austeridad en el gasto educa el carácter y aumenta el sentimiento de independencia, mientras que el derroche induce a la ligereza y la ruina.

Uno de los primeros medios para el robustecimiento de la voluntad es precisamente el trabajo que obliga al esfuerzo continuo y minucioso. Quien trabaja no tiene tiempo de estar descontento, de rebelarse contra su suerte. Aún más: el trabajo nos absorbe y hasta nos hace olvidar las pequeñas molestias y preocupaciones de la vida.

Corre un gran riesgo el que fácilmente aprende: -Yo no tengo que estudiar, tengo talento – Pero el talento no es una ciencia, sólo es el medio para alcanzarla. Y muchos jóvenes de buenas cualidades fracasan porque no hacen fructificar el talento que Dios les ha dado.

Los sentimientos, la imaginación y el temperamento ejercen gran influencia sobre la voluntad. Como es casi imposible dominarlos por completo, la voluntad del hombre no goza de plena libertad.

Muchos crímenes, discordias, peleas, envidias, ofensas, riñas, no provienen de una mala voluntad, sino de una voluntad débil, no ejercitada en dominar los sentimientos intensos.

¿Te pisa alguien el pie? No saltes enfadado, sino di para tus adentros – A costa de este dolor seré capaz de dominarme más a mí mismo – Ser dueño de tus propios sentimientos, sin dejarse arrastrar por ellos, es el grado más alto de la perfección espiritual.

La falta de memoria proviene por lo común de una voluntad indisciplinada. 

Ejercítate cada día en vencerte a ti mismo, aunque sea sólo en algo insignificante, y así, tras un ejercicio de años, alcanzarás una fuerte voluntad.

Los romanos llamaban Virtus tanto a la virtud como a la fuerza, esto significa que no hay virtud sin esfuerzo. Tanto adelantarás en el bien cuanto sepas dominar tu voluntad.

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